martes, 17 de junio de 2008

Y de vuelta con las letras.


Quiero volver, después de esta anestesia de la que mi corazón patalea para zafarse. Porque el único motivo que me hace escribir es leerme, porque no soy tan sincero conmigo y me tengo que leer.

Mis sentidos de la palabra estan atrofiados y la ortografía vuelve a ser obstáculo, no cuando antes fluía libre al ritmo del latido o de la mente aprisa. Si vuelvo a tener errores es porque las palabras se revelan en mi contra, reprochan que me haya ido, que no las use. Que dependa de un televisor y una tecla para hablar. Me gritan por consuelo, porque las convertí unas desempleadas más de este mundo.

Poco ritmo tiene esta prosa, intenta bailar como dos pies izquierdos siguiéndose entre si. Y me gana la distracción, la embebida pantalla que me come por los ojos, la rola de los noventas que me hace cantar alguna nota mal ejecutada. Luego vuelvo a la hoja a medio llenar, a medio vacía.

Aún así, pienso que no hay nada que una "mujer que camina" no ayuda a inspirar, que el arpegio de su estribillo no caliente, como el "sol de mañana, mujer hasta el borde del alma". Y yo para adentro. Otra vez. Quiero explicar que divagar no es motivo de zafarme de la escritura, pero estaba acostumbrado a refugiarme en párrafos tan descriptivos en el fluir de consiencia de Pacheco, de aquellas letras mexicanas que sé que logran que toques lo que veo, que huelas lo que percibo, que escuches lo que muevo.

Es así como sufro en forro viejo de letras nuevas. Es así como vivo la ansia del inválido que camina. Regreso... duro caminar. Comienzo... a empezar a hablar...

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